La vimos venir y no hicimos nada

En Argentina todos «la vieron venir». Todos sabían que Milei iba a ganar, que el riesgo país iba a bajar, todos anticiparon cada suba del dólar. Es el deporte nacional: tener razón después de que pasó.

Pero cuando vas a buscar la cartera de ese que «lo tenía clarísimo»… no hay cartera. Hay una opinión. Y una opinión, por acertada que sea, no rinde intereses.

Te cuento dos historias reales, con números reales. Y después, cómo se arma algo que funciona de verdad.

Caso 1: El balotaje que todos anticiparon (y casi nadie aprovechó)

Noviembre de 2023. Todo el país discutía el balotaje como si fuera un clásico. «Si gana Milei, esto explota para arriba», se escuchaba en cada mesa. Y tenían razón: en el mes de la definición electoral, el índice Merval saltó más de 40% en dólares. Mirando el recorrido completo posterior, el mercado argentino llegó a duplicarse en dólares.

La pregunta incómoda es otra: ¿cuánta gente que «lo veía clarísimo» compró acciones argentinas antes o inmediatamente después del balotaje? Muy poca. La mayoría esperó «a ver qué pasaba primero», «una señal más clara», «que se acomode un poco». Ese «un poco más de confirmación» costó, en muchos casos, perderse la suba más fuerte del período completo. Alguien que hubiera invertido 10.000 dólares en acciones argentinas justo antes del balotaje, siguiendo su propia convicción, hoy tendría más del doble de ese capital. El que «lo sabía» pero esperó confirmación, se quedó mirando el arranque desde afuera.

Caso 2: Seis semanas, dos elecciones, y la mayor suba en la historia del Merval

Septiembre de 2025. Con la derrota electoral del oficialismo en la provincia de Buenos Aires, los bonos argentinos en dólares llegaron a desplomarse cerca de 40% desde sus máximos. El mercado se dividió en dos religiones.

Por un lado, el bando del «dolarizate al 100% y esperá sentado», convencido de que venía el descalabro total. Vendió en el peor momento, con la certeza de haber esquivado lo peor. Por otro lado, el bando ultra optimista, el que decía «hay que ir con todo a Merval, esto no para más». Ese que posicionó el 100% del capital a que la recuperación iba a ser inmediata, y tuvo que bancarse la caída completa después de las elecciones de provincia con todo el capital adentro. Incluso en algunos casos entraron en pánico y salieron a vender corriendo después de esas elecciones.

Seis semanas después, el 26 de octubre de 2025, La Libertad Avanza dio la “sorpresa” en las elecciones legislativas, con más del 40% de los votos a nivel nacional. Al día siguiente, el mercado argentino vivió una de las jornadas más impresionantes de su historia: el Merval llegó a saltar más de 30% en dólares en una sola rueda, la mayor suba diaria jamás registrada, superando incluso el rally del balotaje de 2023. Los bonos soberanos treparon hasta 24%, liderados por los Globales. Y el riesgo país, que el viernes previo cerraba arriba de los 1.080 puntos, se desplomó a la zona de los 600 en cuestión de horas.

Es decir: el que se dolarizó al 100% después de la derrota de septiembre «porque lo veía venir» no solo se perdió la recuperación, se perdió la suba más grande de la historia del mercado argentino, ocurrida apenas seis semanas después. Y el que fue todo Merval sin ninguna cobertura tuvo que bancarse, con el 100% del capital adentro, una caída del 40% para después festejar una suba que en cualquier otro momento hubiera preferido no tener que sufrir para conseguir o, si había caído en pánico y desarmado en septiembre, quedarse sin el pan y sin la torta.

En Closing Bell, antes de la elección de septiembre, veníamos armando carteras con un criterio distinto: ni catástrofe, ni euforia. Una porción en Obligaciones Negociables en dólares, con calificación alta y flujo de renta relativamente previsible. Una porción en bonos soberanos, para captar la eventual compresión de riesgo país sin apostar todo a un solo instrumento. Una parte en bonos CER, con excelentes tasas y buen desempeño en los distintos escenarios. Y una porción más chica en Merval, para no perderse una suba fuerte de renta variable, sin exponer el grueso del capital a esa volatilidad. El resultado: la caída de septiembre se sintió mucho menos gracias al flujo de las ON y los bonos, que siguieron pagando cupones incluso en medio del pánico. Y la explosión de octubre se capturó igual, gracias a la porción en Merval y bonos que sí estaba adentro del mercado.

Y sobre el dólar, un dato para cerrar el capítulo: los mismos que en septiembre pronosticaban una escalada sin techo ($1.700, $2.000, algunos hasta hablaban de $3.000)  hoy, con el diario del lunes, ven un dólar cotizando en niveles similares o incluso más bajos que los de aquel momento de pánico. El catastrofismo resultó tan poco preciso como el optimismo ciego. La diferencia, otra vez, la hizo no haber apostado todo a un solo escenario.

La diferencia nunca fue la bola de cristal

En los dos casos el patrón se repite: no faltó información, ni intuición, ni olfato. Sobró. Lo que faltó fue ejecución, y sobre todo, faltó diversificación: apostar todo a un único desenlace, sea el optimista o el catastrófico, es la forma más cara de tener razón a medias. La predicción es gratis.

Cualquiera puede decir «yo ya lo sabía». Lo que separa resultados es tener una estrategia armada antes de que llegue el momento de pánico o de euforia, y la disciplina de sostenerla.

¿Cómo se arma una cartera sin necesidad de acertar nada?

No hace falta adivinar si gana tal candidato, si el riesgo país baja esta semana o si hay pánico el mes que viene. Hace falta un proceso, no una corazonada:

  1. Definir el perfil de riesgo real, no el que te gustaría tener. No es lo mismo alguien que puede tolerar una caída del 20% sin vender en pánico, que alguien que necesita dormir tranquilo. La estrategia se arma en base a esto, no al revés.
  2. Diversificar entre clases de activos, no solo entre «nombres». Combinar bonos soberanos, obligaciones negociables, algo de renta variable (acciones argentinas o CEDEARs) y algo de cobertura, en proporciones definidas de antemano según el perfil. Así, ningún evento puntual (una elección, un discurso, un rumor) define el resultado completo de la cartera.
  3. Aportes sistemáticos, no «timing». Invertir un monto de forma periódica, entre o no entre en pánico el mercado esa semana, saca de la ecuación la necesidad de acertar el momento exacto. Es la diferencia entre «voy a esperar el mejor momento» (que casi nunca se identifica en tiempo real) y simplemente estar adentro.
  4. Rebalanceo periódico, con reglas, no con nervios. Cuando una clase de activo creció mucho y otra se quedó atrás, se ajusta la proporción de vuelta al plan original. Eso, en la práctica, es lo que obliga a «vender caro y comprar barato» de forma sistemática, sin depender de la intuición.
  5. Seguimiento constante. Una cartera armada y abandonada durante años deja de reflejar tu situación real. El seguimiento periódico es lo que permite ajustar el rumbo sin necesidad de refundar la estrategia cada vez que hay ruido en las noticias.

Nada de esto requiere saber qué va a pasar. Los gurús te cuentan las que aciertan, pero nunca todas las veces que se equivocaron. Invertir requiere un sistema que funcione incluso cuando vos no tenés ni idea de qué va a pasar mañana. Y ahí es donde la mayoría, con toda su lucidez para el diagnóstico, se queda corta.

En Closing Bell Advisors trabajamos exactamente en eso: analizamos tu cartera actual, definimos tu perfil de riesgo, armamos la diversificación adecuada y hacemos el seguimiento para que la próxima vez que «la veas venir», o no la veas venir en absoluto, ya tengas un plan funcionando.

Tener razón no paga intereses. Tener un plan, sí.

Saludos,

Matías Daghero

Presidente de Closing Bell Advisors

Agente Asesor Global de Inversión CNV Matrícula 1.117

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